“Uno tiene 3 vidas: una vida pública, una privada y una
secreta. En todas han estado
definitivamente las mujeres.”
Gabo: amiguero como
ninguno
Una joven se le acerca, no le pide un autógrafo, pregunta si le puede dar un beso. Gabriel García Márquez responde: "Pero uno de verdad". No es galán de telenovelas, pero se precia de conocer muy bien a las mujeres. Sus amigos dicen que al Gabo nunca le gustó la fama, aunque él confiesa que puede sobrellevarla, y si bien antes del Nobel ya era conocido, después de él, lo fue mucho más.
Más que miedo, es terror al mal amigo. Los que tiene puede
contarlos con los dedos de las manos. No
imagina su vida sin ellos. Si le preguntas qué es la amistad, no sabe qué
decir, cómo explicar ese sentimiento que invade su vida. Son sus primeros
lectores, esos críticos a los cuales aprecia más que a sus propios editores. Nunca
leen la obra tal como será contada,
sino, todo lo contrario: logra sorprenderlos. Ante la más leve crítica, puede
cambiar un capítulo entero.
Parte de su vida privada o secreta son esos momentos en los
cuales baila, ríe, conversa y confirma cuán importante es para él ese lazo que
ni el tiempo puede borrar. El Gabriel
serio y poco animoso de las entrevistas, se transforma en el alma de la fiesta
o reunión. Disfruta junto a Mercedes, su esposa y madre de sus 2 hijos, ese
ritmo de vida que escogieron: el compartir la felicidad.
Son ellos los que valoran
su lado poético, ese que le da vergüenza mostrar. Desde niño memorizaba
poemas. Empezó a contar historias desde los cuatro años mediante dibujos. En
esa infancia suya llena de supersticiones de su abuela, que murió muy vieja y
delirando. Pero fue su abuelo quien lo inició en el oficio de lector,
quién le enseñó la utilidad del
diccionario, su primer libro.
“Si usted cree que es capaz de vivir sin escribir, entonces
no escriba”, fue la frase de Rilke que siempre lleva consigo. Le costó definir
y darse cuenta de su vocación. Dejar la universidad y decidirse por una carrera
que lo apasionaba pero que no le daba ni para vivir. Momentos en que solo sus
amigos lo mantuvieron a flote.
Escribir es más que talento. Es perseverancia y rigor. Según
Gabriel García Márquez no se necesita nada especial. Antes él escribía un libro
cada 7 años desde que aparecieron las computadoras lo hace cada 3. Antes de
escribir ya tiene la historia completa en su mente, lo más difícil es pasarlas
al papel. Dedica a su oficio de escritor unas seis horas diarias. El horario que
tiene impuesto se lo debe a sus hijos, era el tiempo en que estaban en la escuela
y nadie lo molestaba. Al día escribe en promedio una cuartilla a doble espacio.
Uno de sus mejores amigos
es Fidel Castro. Amistad que le traería más de una crítica. Él puede
vivir sin la política; en una isla desierta con su esposa, hijos y sus amigos;
escribiendo. Pero le tocó vivir una realidad como la de Latinoamérica. Confiesa
que el mejor trabajo político que puede hacer es hacer bien su trabajo,
escribir.
Él es de esa época en donde no se distinguía entre escritores
y periodistas. El periodismo llegó a su
vida cómo una opción irrechazable, pero le tuvo miedo. Escribía con seudónimos,
uno de ellos fue Septimus, tomado del personaje de Virginia Woolf en “La señora Dalloway.”
A los 12 años dejó su hogar y empezó su camino al
aprendizaje. Su familia era pobre y existían días en que pasaban hambre. No fue
el alumno más aplicado, pero siempre leía cuando el profesor no lo veía o fingía no
darse cuenta. Fue un lector insaciable al cual le costó mucho esfuerzo aprender a leer.
Confundía el sonido y la escritura de
las consonantes.
Mueve tanto la mano izquierda que cualquiera pensaría que es
zurdo. No le gustan las entrevistas y ya se cansó de hablar de “100 años de soledad”.
Él protege mucho su vida privada, esa parte de sus días en que solo es Gabo.
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